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La Espiritualidad del Apostolado Mundial de Fátima

Prof. Américo López-Ortiz, Delegado Laico para Latinoamérica del Apostolado Mundial de Fátima
Guadalajara, Jal.VII Reunión Nacional.Septiembre de 1991

Fátima, faro de luz.
Al decir de Juan XXIII, Fátima es el centro de todas las esperanzas cristianas. Ante la situación límite humana, cuando todas las esperanzas parecían flaquear, el Mensaje de Fátima se levantó como faro de luz en medio de las tinieblas más tenebrosas. Esto es así porque a decir de S.S. Pablo VI, el Mensaje de Fátima pone al día el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo ante los hombres de nuestro tiempo.

En los labios de Nuestra Señora la buena noticia de su Hijo amado cobra actualidad palpitante. María Santísima ha venido a Fátima a denunciar los graves peligros que se ciernen sobre toda la humanidad. El ateísmo rampante de las sociedades totalitarias marxistas, así como el consumismo materialista de la sociedad del hombre masa, son denunciados, ambos, como graves impedimentos para el establecimiento del reino de Dios en la tierra.
En palabras sencillas, comprensibles aún para los niños, Nuestra Señora señala con claridad el camino de oración meditativa, de penitencia reparadora y de consagración santificadora. Los objetivos que persigue Nuestra Señora son claros y precisos, la paz del mundo, la conversión de los pecadores, el establecimiento del reinado de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, con todo lo que esto implica. Estos objetivos de María en Fátima deben llegar a ser los objetivos capitales de nuestras vidas. Nuestros proyectos nacionales, e internacionales deben estar moldeados con esta imagen de la historia que nos presenta Nuestra Señora en Fátima, con esa visión profética de una nueva era para la humanidad, producto del triunfo de su Inmaculado Corazón sobre los enemigos de Cristo.

Ahora bien, en esta lucha decisiva entre las fuerzas de la mujer y la serpiente antigua, nosotros, los hijos de la mujer, los descendientes de la mujer, somos llamados a tomar parte en el drama del siglo, pues a través de nuestra colaboración activa, de nuestro esfuerzo creativo y amplio, de utilizar todas nuestras iniciativas y a través de nuestro empuje evangelizador, habremos de modificar las estructuras corruptas que al presente obstaculizan el reino de Dios sobre la tierra.

El Señor nos usará como instrumentos, aún cuando somos pequeños, frágiles, sencillos y aparentemente impotentes para transformar el mundo y hacerlo semejante a Él. De aquí que María Santísima esté reuniendo en todo el mundo un ejército de almas consagrados a Ella, como apóstoles de este tiempo, como apóstoles de los últimos tiempos. Cuando parezca que todo está perdido, cuando las fuerzas del mal proclamen jactanciosas su victoria, cuando las tinieblas parezcan cubrir la faz de la tierra, entonces, la Virgen, la vencedora en todos los combates de Dios, suscitará y proclamará su ejército de almas consagradas a Ella para intervenir de una manera poderosa, incuestionable, y reconocible para todos, para adjudicarse la victoria por Cristo, con Cristo y en Cristo. Será este el triunfo de su Corazón de madre y el comienzo del establecimiento de su reinado sobre la humanidad. Entonces podremos decir con el Evangelio que todas las generaciones la llaman bienaventurada porque el Todopoderoso ha hecho cosas grandes en Ella y toda lengua cantará las grandezas de María.

Los signos de este anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María se desprenden del contexto del Mensaje de Nuestra Señora en Fátima:

  • El signo de la paz del mundo
  • El signo de la conversión de Rusia
  • El signo de la disminución de la influencia del mal sobre los seres humanos
  • El signo de la unidad de los cristianos y el fortalecimiento de la Iglesia universal

En Fátima, María Santísima profetiza estos enormes cambios cualitativos en la vida humana, no como ideales superlativos e inalcanzables, sino como verdaderos y prácticos objetivos que podrán realizarse, por su intercesión poderosa y por nuestra intervención entusiasta y decidida.

El triunfo de María ha comenzado y se desarrolla a pasos agigantados. No obstante lo formidable que esta tarea pueda parecer, es importante señalar el carácter práctico de nuestra Madre en su profecía de Fátima. El Mensaje de Fátima es un llamado existencial a toda la humanidad para que cambie de vida. No nos cansamos de repetirlo, el Mensaje de Fátima es un llamado a la existencia de todos los seres humanos para que cambien de vida, para que se aparten del pecado y para que hagan reparación por sus crímenes. Para ello, Nuestra Señora ofrece un método seguro y realista que puede cambiar el curso de la historia humana.

Las peticiones de Nuestra Señora. Se pueden concretizar en tres:

1. La oración meditativa a través del rezo del Santo Rosario.
Por lo menos cinco misterios —el cuarto— como medio eficaz de desarrollar en las almas la sintonía con el Señor, para que sean capaces de aplicar a la propia vida la dirección espiritual que la meditación de los episodios de la vida de Cristo y de María ofrecen. El Rosario cual Evangelio compendiado a través de sus misterios —Gozosos, Dolorosos, Gloriosos y Luminosos— nos enseñará a vivir como Cristo y María hubiesen vivido estando en nuestras circunstancias particulares de vida. El efecto no se hará esperar: abundantes frutos de paz en nuestra alma como consecuencia de la disipación de las tinieblas del mundo actual. El Rosario disipa el espíritu del mundo y con ello, la gran tragedia de nuestro hombre contemporáneo que se ve alienado por su egocentrismo malsano y nos ayudará a erradicar poco a poco de nuestras vidas esa neurosis, de nuestra sociedad de masas, esa neurosis colectiva que parece enfermar las relaciones interpersonales y a que la vez, envenena las internacionales, provocando guerras y conflictos que vienen a aumentar las miserias humanas.

2. La reparación.
Reparación que se traduce en penitencia vivificante, cuya principal forma es la aceptación gozosa y sumisa de la voluntad de Dios. Ofreciendo al Señor a través del Corazón Inmaculado de María nuestras oraciones, buenas obras, sufrimientos, gozos y alegrías, en una palabra, todo nuestro ser y nuestro quehacer, para conformarnos a Cristo, oblación pura del Padre, de tal manera que en verdad lleguemos a ser sus discípulos, como dice el Evangelio, llevando nuestra cruz de cada día y hasta poder decir con San Pablo: “ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí”. Esta es la principal función de María en nuestras vidas, modelar nuestra alma a imagen y semejanza de su divino Hijo Jesucristo. Esta es la esencia de María, su fiat de aceptación gozosa de la voluntad de Dios “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según su palabra”. En la esclavitud de María correctamente entendida como una donación voluntaria de nuestra persona, libre y espontáneamente entregamos nuestra libertad. En esta donación a María, en esta entrega, se traduce el compromiso afectivo de nuestra alma con la verdad que es Cristo y que se nos revela en el fondo de nuestro corazón en una manera personal e íntima. No hay mayor honor que ser el esclavo de la Esclava del Señor. Esa es la grandeza de María: la esclavitud del Señor. Porque en esta esclavitud voluntaria rendimos el libre albedrío que conlleva nuestra dignidad humana, por un amor que supera todas nuestras posibilidades en un océano infinito e inefable de querencias. Como corolario de semejante actitud ante la vida son posibles los actos de mortificación por amor, al extremo de saber privarnos de aquellos objetos lícitos que nos complacen y así poder ejercitarnos en la disciplina espiritual y en la virtud moral. La ascesis hará posible injertar nuestra existencia en Cristo. El sacrificio de nuestro deber diario será el verdadero centro director de nuestras vidas, unidas a Cristo, nuestra médula existencial. Así, seremos verdaderos discípulos del Señor, verdadera posesión del Señor, instrumentos efectivos en la consecución de sus planes de salvación para los hombres y mujeres de nuestro tiempo. El efecto no se hará esperar, porque muchas almas se pierden porque no tienen a nadie que ore y se sacrifique por ellas. Y tras la conversión de muchos, otros dejarán su indiferencia por un auténtico fervor, mientras los fervorosos alcanzarán altos grados de perfección.
En Fátima, la reparación se nos presenta a través de una triple vertiente:

Primero la penitencia en su doble acepción de aceptación sumisa de la voluntad de Dios, que implica aceptar la cruz de cada día —como dice el Evangelio- aceptando con sumisión el sufrimiento que el Señor nos envíe —como dice el ángel de Fátima— y ofreciendo también el sacrificio que suponen las mortificaciones voluntarias, ofrecidas por amor.

En segundo lugar, la reparación es también la oración de adoración profunda, la adoración a la majestad de Dios que se ve ofendida por nuestra falta de amor y que tan magistralmente queda captada en la oración a la Santísima Trinidad, dirigida a consolar al buen Dios que ya está muy ofendido.

Y en tercer lugar, la reparación se traduce en la devoción eucarística, la comunión reparadora por la que a través del Santísimo Sacramento del altar hecho banquete en la Eucaristía, la Virgen hace la gran promesa de su Corazón Inmaculado, promesa de salvación para los que ama con gran predilección.

Siendo Pontevedra, en el conjunto de las apariciones de Fátima, el centro neurálgico de esta grandiosa oportunidad para todos los hombres hambrientos de Dios. Con la devoción reparadora de los cinco primeros sábados de mes, Nuestra Señora recalca la importancia capital de la Eucaristía como pilar insoslayable de nuestra vida cristiana.

3. La consagración a su Corazón Inmaculado y esta es el alma del Mensaje de Fátima.
La consagración consiste en la entrega al Señor, por María, de nuestro proyecto de vida, de nuestra existencia pasada, presente y futura. Y hago hincapié en la entrega de la existencia pasada presente y futura. Se trata de una verdadera actualización de nuestras promesas bautismales por la que renunciamos a Satanás a todas sus pompas, al mundo corrupto, y a todas nuestras flaquezas egocéntricas, para revestirnos del hombre nuevo, para ser nuevas criaturas, para vivir en la nueva dignidad de hijos adoptivos de Dios. Es ser un verdadero alter Cristus, otro Cristo, con todo lo que esto implica. Esta es la verdadera consagración al Corazón Inmaculado de María. A través de ella, nos convertimos en hijos espirituales de María, engendrados en su propio corazón de Madre, palpitando con los Sagrados Corazones, en armonía inefable de amor. La auténtica consagración al Corazón Inmaculado de María en la que encontramos varios niveles de perfeccionamiento constituye una verdadera escuela de santidad, una maravillosa espiritualidad que aún hoy no es tema agotado, sino que por el contrario continúa llamando nuevos trabajos cordimarianos que difundan sobre la Iglesia y el mundo las maravillas contenidas en el Corazón de la Madre. Por el momento podemos señalar algunos de los niveles de consagración como nos sugiere la historia de Fátima.

El primer nivel de consagración por el que muchos pasamos y ojalá no nos quedemos ahí, es el abandono del pecado, el abandono de la tibieza, el abandono de la indiferencia, para intentar la imitación de Cristo con sus virtudes y mandatos, con el espíritu mariano de una aceptación gozosa de la voluntad de Dios. Un hágase en mí según su palabra, con todas las repercusiones para el alma que esto tiene.

El segundo nivel de la vida consagrada al Corazón Inmaculado de María es la profundización en la vida interior de oración a través del descubrimiento del Dios íntimo que palpita en nuestro corazón y así, busquemos complacer al buen Dios —como decía Francisco— aún en los más pequeños detalles, de tal forma que —como decía Jacinta— el fuego del Señor nos abrace el corazón. Siendo este ardor de naturaleza espiritual de doble vertiente, que por un lado intenta consolar al Señor por las ingratitudes e indiferencia con las que Él es ofendido y por otro, busca expandir y comunicar esa onda de amor ardiente que todo lo consume, en gracia y afán apostólico: “quien me diera comunicar este fuego que abraza mi pecho”. En la primera vertiente se distinguió Francisco el vidente enamorado de la consolación espiritual del Señor, tan olvidada y despreciada por los seres humanos en el mundo de hoy. Francisco es el ejemplo del amor a este Dios íntimo que palpita en nuestro corazón y del anhelo de complacerlo y consolarlo, aún en los más pequeños detalles. En la segunda vertiente se distinguió Jacinta, la vidente de Fátima, el apóstol incansable de la conversión de los pecadores, que deseaba comunicar el fuego que abrazaba su pecho para evitar que las almas fueran al infierno.

El tercero y más alto nivel de la consagración al Corazón Inmaculado de María es el de las altas cumbres de la mística, que pueden alcanzarse como un regalo inapreciable del Corazón de la Madre a sus hijos predilectos. Ella nos dispensa favores sublimes y descubre los tesoros más insondables de su corazón. Lucía —la Hermana Lucía— es el apóstol del Corazón de María y ella contempla en Tuy el misterio inefable de la Santísima Trinidad a través del Corazón de María, recibiendo luces sobre este misterio que no le son permitidas difundir. El desposorio total, la entrega existencial que se hace donación en Cristo, hace del alma humana otro discípulo amado con un amor de predilección capaz de elevarnos a la categoría de amigos del Señor —como dice el Evangelio— y, como dice Nuestra Señora de Fátima, capaz de hacernos como flores predilectas puestas por Ella para adornar el trono de Dios. Bienaventurados los que llegados a semejante estado de perfección espiritual perseveren, porque son como un regalo, como un hermoso bouquet de flores de la creación del Padre, con su presencia amable y su olor de santidad en medio de nosotros, como lo es la hermana Lucía. Son ellos, más que ninguno, los que harán realidad el triunfo del Corazón Inmaculado de María, un triunfo que se hace inminente en nuestro siglo, ¡ahora! Conocer, amar, servir. San Agustín —Padre de la Iglesia y maestro de occidente— enseña que el camino a Dios tiene tres peldaños en orden ascendente, sin los cuales se hace imposible llegar a Dios. Ellos son: conocer a Dios, amar a Dios y servir a Dios. Igual enseñanza se aplica a María Santísima. Para llegar a Ella, podemos decir que hay que conocerla, amarla y luego, servirla.

Para conocerla, nos preguntamos, ¿quién es María? Pues María es la persona real descrita por su triple rol en la historia de la salvación: Madre de Cristo, Madre de la Iglesia y modelo de perfección. Como Madre de Cristo, fue la escogida del Padre para ser la esposa del Espíritu Santo y para que se hiciese en ella la obra de Dios. María concibió a Cristo hijo único del Padre en su corazón maternal y actuando por todos nosotros a través de su aceptación gozosa y amante de la voluntad de Dios, de su fiarse de Dios y de su hágase en mí según su palabra, restaura la relación entre la criatura y el Creador. La criatura se hace voluntariamente la sierva del Señor. María entrega al Creador su libre albedrío por amor. En esencia, en este amor al Señor es que podemos ver la transformación de la faz de la tierra. Cuando el hombre se entrega al Señor el mundo se transforma, haciendo posible la complacencia del Creador con su creación que antes era rebelde. María será siempre glorificada por todas las generaciones por haber traído al Hijo de Dios al Mundo. Ella concibió a Cristo en su vientre, la Encarnación del Verbo de Dios. Cristo la Palabra de Dios, se hace hombre para interceder por nosotros ante el Padre, construyendo un puente perpetuo que nos comunica con Dios y nos hace semejantes a Él.

El misterio de Cristo es inseparable del misterio de María. El Mesías prometido viene a los suyos y acampa en medio de su pueblo Israel, se acoge a sus medios de vida, a sus tradiciones y a su cultura y se hace accesible a todos. A todos ama, a todos educa, a todos vivifica. Pero Cristo lo hace desde su condición de Hombre-Dios. María es co-protagonista de esta historia de salvación. Ella asiste no sólo como testigo, sino que realiza su misión de Madre, Maestra y primera redimida, convirtiéndose en la nueva Eva, en la primera ciudadana de la nueva Alianza de Dios con su nuevo pueblo, la humanidad entera. María es Madre de la Iglesia, San Pablo enseñó que la Iglesia es como un cuerpo humano, Cristo es la cabeza y los fieles somos los miembros de ese cuerpo. María por ser Madre de Cristo es Madre también su cuerpo y Cristo, además, nos la entrega por madre en la persona del discípulo amado, Juan.

La Iglesia desde tiempos inmemoriales entendió la maternidad espiritual de María sobre todos los hombres. Los hechos de los apóstoles nos confirman esta realidad de María en relación a los discípulos del Señor. Ellos esperaron la venida del Espíritu Santo, prometido por Cristo, en oración profunda en torno a Ella, congregados en el Cenáculo. En aquel primer cenáculo de oración, la Madre estuvo con sus hijos espirituales. El Domingo de Pentecostés el Espíritu de Dios se derrama sobre la Iglesia que ese día nace. Y ahí, en aquel nacimiento de la Iglesia de Cristo, se encuentra la Madre. Su corazón orante contribuyó al alumbramiento del nuevo pueblo de creyentes.

¿Quién mejor que la primera creyente para procrear hijos espirituales a imagen y semejanza de Cristo? y esto lo hace a través de modelar en nuestro corazón la imagen de Cristo porque Ella es modelo de perfección y fue concebida sin pecado original, es decir sin la tendencia al mal que caracteriza a los seres humanos luego de la caída de Adán en el pecado. María es la criatura que libre y voluntariamente vive totalmente dedicada a la misión redentora de Cristo. La Sagrada Escritura la proclama como la amada y la favorecida. En consonancia con ello, María consagra su vida a servir como sierva al Señor, pero su esclavitud espiritual es escuela de amor y templo inefable de querencias. Su vida es un constante buscar complacer la voluntad de Dios, con la convicción de quien ha comprendido plenamente a Dios como Ser Supremo y quien ha comprendido la relación entre ese Creador y Ser Supremo y las criaturas. Por eso María se hace el modelo de perfección en el continuo y afanoso cumplimiento del diario deber aceptando la voluntad de Dios con la valentía de quien lucha por cambiar aquello que debe mejorar, con la sabiduría de quien conoce la diferencia entre aquello que puede cambiar y aquello que debe aceptar. Su vida es un fiarse de Dios que la lleva a practicar las virtudes evangélicas con profunda alegría y con gozo interno. María se hace la colaboradora del Señor, la socia partícipe de la riqueza avasalladora de su Señor.

1. Conocer la esencia de María.
Aquello que hace a María ser lo que es, es adentrarnos en los misterios de su Corazón Inmaculado que en Fátima se mostró como escuela de santidad, como baluarte y refugio en tiempos de necesidad y como camino que conduce a Dios mismo, por lo tanto conocer a María implica la responsabilidad de penetrar el corazón de la Madre, corazón que se revela en el conjunto de las apariciones de Fátima. Fátima, Pontevedra y Tuy son fundamentales para todos aquellos verdaderos hijos de María y soldados de su amado hijo Jesucristo que no se conformen con un mero conocimiento superficial e intelectual acerca de María. Será necesario que todos busquemos un conocimiento existencial, un fiarnos de Dios, un entregarnos a Él y un caminar juntos de la mano de Aquélla que es el modelo de perfección. Nuestra Señora, al abrir su Corazón en el Mensaje de Fátima, nos enseña la ventana por la que pasa hacia nosotros la luz de Cristo, ayudándonos a crecer en la fe, la esperanza y el amor. A decir de Pablo VI, quien encuentra a María, no puede evitar encontrar también a Cristo. Y San Mateo en su Evangelio nos presenta al Niño Dios que se encuentra con María, su Madre (2,11). ¿Dónde hallaremos a Jesús con más facilidad? A través de María —si llegamos a conocerla en verdad— también podremos mejorar plenamente nuestras relaciones con nuestro prójimo.

2. Amar a María.
¿Quién puede amar a Cristo si antes no ama a su madre? El amor a María es ante todo el reflejo del amor a Dios. Amamos a María con el afecto especial de hiperdulía, veneración pública singular a la primera entre todas las criaturas, como lo define la Iglesia. La voluntad de Dios se hace patente al darnos como madre a la llena de gracia, a la bendita entre todas las mujeres, a Aquélla en quien Él hizo cosas grandes, por lo que todas las generaciones la llamamos bienaventurada. ¿Quién puede sustraerse de amar a la favorecida del Espíritu Santo en cuyo seno el Verbo de Dios se hizo carne, concretizando la salvación del género humano? El amor perfecto ordenado en Dios, ordenado hacia Dios y ordenado por Dios mismo como nos enseña San Agustín, es la caridad, es la fruición de la donación del que ama al sujeto de su amor, es saciar el hambre de Dios, es ser para la existencia y para el amor cristiano, es la síntesis que supera por mucho el choque dialéctico entre los opuestos ágape y eros de la antigüedad. Es dejar el hombre viejo para abrazar el hombre nuevo del Evangelio, es el altruismo, es la imitación de Cristo. Por eso se hace necesario que como verdaderos discípulos de María, seamos como el discípulo amado, Juan, el único que osaba descansar su cabeza sobre el pecho de su Señor. Es el discípulo predilecto porque supo aceptar a María y la recibió en su casa cuando Cristo nos la entregó desde el ara de la Cruz. Pero no solamente la recibió en su casa, sino también la recibió en su corazón, en su vida y en su existencia.

3. Servir a María.
Sólo puede entenderse como un medio de servir a Cristo. Resuenan en nuestros corazones las palabras del Evangelio: “hagan lo que El les diga”, recordándonos que la misión de María como corredentora, consiste en modelar a Cristo en nuestros corazones, hasta que también nosotros podamos ser otros Cristos, engendrados por su maternal acción espiritual. Servir a María no es poca cosa, pues quien se hace esclavo de la Esclava del Señor obtiene de su corazón maternal la gracia singular de ser como una flor puesta por ella para adornar el trono del Señor, como dice María a Lucía. Por ello, no sólo es válido el adagio de que un siervo de María nunca perecerá, sino que más aún, un siervo de María será como Juan, el discípulo amado de Jesús, el predilecto del Señor. Esta predilección que el Señor nos regala a nosotros sus hijos, no es causa de ostentación sino por el contrario, es el compromiso y la responsabilidad que nos invitan a una búsqueda más sincera y profunda de la plenitud del Evangelio en nuestra vida cotidiana.

Cinco tareas.

Para responder a esa búsqueda, el Santo Padre nos propuso en Fátima cinco cosas que todos los movimientos marianos debemos hacer para ayudarlo en su labor evangelizadora:

1. Defender la vida contra todo atentado desde su amanecer hasta su ocaso natural.
Esto significa que debemos luchar contra el aborto y contra la eutanasia y contra todo aquello que implique atentar contra los derechos de Dios como dueño y señor de la vida humana.

2. Tomar conciencia de los pobres, los necesitados y sus reivindicaciones.
Y luchar por que se haga justicia social y haya equidad en el mundo porque no puede haber paz, si no hay justicia.

3. Remplazar los viejos odios y las actitudes vengativas entre los pueblos.
Y entre las naciones y cambiarlas por una reciprocidad y respeto a los derechos ajenos.

4. Construir la paz y la unidad.
Y luchar porque el auténtico Evangelio de Cristo, produzca puentes de comunicación entre los hombres, que permitan el diálogo fraterno y la caridad.

5. Colocar en nuestras vidas los dos grandes pilares que sostienen nuestra fe católica.
La Eucaristía y la Virgen María.

Con eso haremos realidad el lema de su Santidad Juan Pablo II en nuestras vidas, seremos todos suyos, Totus Tuus, todos de María.

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