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Rosario de Fátima

Misterios Gozosos

1er. Misterio Gozoso: La Anunciación

(Lc 1,30)
“No temas María, porque has hallado gracia delante de Dios; he aquí que concebirás y darás a luz a un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.”

Momento maravilloso, luminoso, en que se unen el cielo y la tierra. El Verbo de Dios, la Misericordia de Dios, el Amor de Dios a los hombres, se hace carne, se hermana con nosotros, nos reconcilia con Dios y nos hace hijos del Padre. Un ángel viene a anunciar este favor divino a María. En Fátima, un ángel y la Reina de los ángeles, vienen también a comunicarnos algo; vienen a recordarnos la Buena Nueva, el Evangelio del Señor, que se inició en aquel extraordinario momento de la Encarnación y que, lamentablemente, olvidamos fácilmente. El Mensaje de Fátima es un llamamiento del amor de Dios que siempre tiene algo que decirnos.

Pidámosle a María que nos enseñe a ser humildes y puros, para poder no sólo escuchar los llamamientos de Dios, sino sobre todo, a saber responder a ellos como Ella lo hizo.

2do. Misterio Gozoso: María visita a Isabel

(Lc 1,41-43)
Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y exclamó con gran voz: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, ¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor venga a visitarme?

María va presurosa por las montañas de Judá.María, invadida por el amor de Dios que se ha hecho carne en Ella, desborda amor y alegría.Al llevar a Jesús en su purísimo seno, lleva en sí al amor. Y ese amor da su primer fruto en Ella, impulsándola a llevarlo y darlo a los demás. María santísima continua haciendo visitas. Como lo hace al visitarnos en el Tepeyac, en Lourdes, en Fátima y en muchos lugares más. Nos visita también, representada sensiblemente por sus imágenes peregrinas. Y nos visita en el silencio de nuestro corazón cuando buscamos su ayuda. En cada visita se repite el saludable efecto de su visita a Isabel.

Pidámosle a Jesús que sepamos acoger las visitas de su Madre Santísima, con esa fe y humildad con que Isabel la recibió, que le abramos nuestro corazón, dejándola que lo inunde de amor y, sobre todo, que nos dejemos guiar por Ella y respondamos a sus peticiones.

3er. Misterio Gozoso: Jesús nace en Belén

(Lc 2,6)
Y aconteció, que estando ahí, le llegó la hora del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la posada.

¡Noche santa! ¡Ha llegado la plenitud de los tiempos! El Mesías, tan anhelosamente esperado, no encuentra donde nacer.José y María buscan en vano, pero el Padre tiene ya destinada una cueva, y en ella, un pesebre. ¡Bendita cueva, que en el silencio y oscuridad de la noche, es iluminada por la Luz del mundo! El Padre nos envía a su Hijo. Lo da y confía a María, para que Ella nos lo dé. El Hijo se abandona confiado a Ella, a su purísimo seno para que su humanidad sea formada en él; a su cuidado maternal para crecer bajo él y a su Inmaculado Corazón para ser amado por él. María nos ofrece en Fátima ese Corazón como refugio seguro y camino a Dios.

Imitemos a Jesús consagrándonos a Ella, abandonándonos a su cuidado y amor maternal, para que imprima en nosotros los rasgos espirituales de su Divino Hijo y no conduzca y una a Él.

4to. Misterio Gozoso: Jesús es presentado en el Templo

(Lc 2,22-23)
Cuando, según la ley de Moisés, se cumplieron los días de la purificación de ellos, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor.

“El sacrificio que ahora espero y exijo de los hombres, es el cumplimiento de sus deberes y la observancia de mi Ley”, dice el Señor a la Hna. Lucia, vidente de Fátima. ¡Qué hermoso ejemplo nos dan José y María! Los vemos, poco antes del nacimiento de Jesús —en obediencia a las leyes civiles— ir a empadronarse. Ahora, los vemos cumpliendo con las leyes religiosas que ordenan la presentación del hijo varón primogénito y la purificación de la madre. María, la Inmaculada, obviamente no requería purificación alguna, pero nos da ejemplo de perfecta obediencia a la Ley. El Verbo se había ofrecido ya desde toda la eternidad al Padre, pero ahora, en esta ceremonia, se significa esa ofrenda. El reconocimiento de su Unigénito por el Padre, lo vemos ratificado en las palabras que el Espíritu Santo pone en boca de Simeón.

Aprendamos de Jesús a abandonarnos totalmente a la voluntad del Padre y aprendamos, también como Jesús, a ofrecernos a Él por manos de María. Pidamos saber hacernos pequeñitos —la medida de nuestra pequeñez debe ser la de un niño de cuarenta días— para que, en brazos de María, junto con Jesús, seamos presentados al Padre.

5to. Misterio Gozoso: Jesús perdido y encontrado

(Lc 2,42-46)
Cuando Jesús tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles.

¡Cuánto dolor debe haber atenazado los corazones de José y María, al comprobar que habían perdido a Jesús! Ofender a Dios es ¡perderlo! ¿Comprendemos la tragedia del pecado? Con cuánta tristeza, nos dice la Santísima Virgen en Fátima: “Dios está muy ofendido” José y María, después de buscar afanosamente a Jesús, lo encuentran “en el Templo…” Ahí, quienes lo hemos perdido, también podemos encontrar a Jesús. “Arrepiéntanse, pidan perdón a Dios por sus pecados y no pequen más” nos pide la Virgen María en Fátima. Sí, es en el templo, en el maravilloso don de Dios: el Sacramento de la Reconciliación, donde podemos encontrar a Jesús cuando lo hemos perdido. Y además, con nuestra oración y sacrificios —nos dice también María—, se logrará que muchos más lo busquen y lo encuentren.

Pidamos que el anhelo y ansia apostólica de que “todos” busquemos y encontremos a Jesús, llene nuestro corazón.

Misterios Dolorosos

1er. Misterio Doloroso: Jesús ora en el Huerto

(Lc 22,40)
Llegado al lugar les dijo: “Oren, para que no caigan en tentación.”

Jesús ora con mucha intensidad al aproximarse el momento terrible de su Pasión. Ora cuarenta días en el desierto, antes de iniciar su vida pública. Ora continuamente, «retirándose» en el tiempo en que, con sus discípulos, recorría los caminos predicando y sanando. Jesús ora, realmente, ¡en cada momento de su vida!… y así nos lo pide también a nosotros: “es preciso orar continuamente y sin desfallecer” (Lc 18,1).

¡Qué poco y qué mal respondemos a ese llamado! ¿Podrá acaso extrañarnos que Jesús envíe en Fátima un ángel y a su propia Madre, nuestra Madre, a recordarnos este llamado y a pedirnos que oremos mucho? La oración es el camino a la unión con Dios «unión transformante», que nos permite alcanzar la santidad a que todos somos llamados. La oración, es también el medio para obtener gracias sin fin: “Pidan y recibirán.” “Llamen y se les abrirá” (Mt 7,7). Por eso María, madre preocupada y afligida por tantos hijos que se condenan, nos pide con insistencia que ofrezcamos nuestra oración para que se conviertan y no se condenen: “Oren, oren mucho.”

Pidamos la gracia de la oración. Que logremos día a día, “orar sin cesar” (Ef 6,18) y entreguemos nuestra oración a María, para que Ella la convierta en salvación para muchos.

2do. Misterio Doloroso: Jesús es flagelado

(Jn 19,1)
Pilato entonces, tomó a Jesús y mandó azotarle.

¡Despiadado suplicio cae sobre los miembros inmaculados e inocentes de Jesús! Él acepta esa tortura que desgarra su cuerpo para pagar por nuestros pecados, los que, con mucha frecuencia, cometemos por complacer nuestro propio cuerpo. Cuando la Virgen María nos visita en Fátima, tiene ante sus ojos los miles y miles de hombres y mujeres, que rechazando los méritos y el ejemplo que Jesús nos dio con su entrega a ese suplicio, deshonramos y manchamos nuestro cuerpo ofendiendo a Dios. Por eso, en su llamado, hay un acento tan fuerte a la penitencia y al sacrificio, ya que así podremos acompañar a Jesús y hacer que sea más perfecta nuestra semejanza a Él y participar en sus merecimientos.

Pidamos a Dios saber aceptar y ofrecer todo sufrimiento que experimentemos, uniéndolo al sufrimiento de Jesús, dándole carácter corredentor y reparador, pidiéndole también pureza, para que nuestro cuerpo dé gloria a Dios, ¡no lo ofenda!

3er. Misterio Doloroso: Jesús es coronado con espinas

(Jn 19,2-3)
Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza a Jesús y le vistieron un manto de púrpura; y, acercándose a él, le decían:“Salve, Rey de los judíos” y le daban bofetadas.

¡Qué afrenta a la divina Realeza de Jesús! ¡Espinas punzantes en su bendita cabeza y un sucio manto color púrpura en su cuerpo torturado! ¡Cómo debe dolerle lo poco que apreciamos su amor y su entrega! Ignoramos y despreciamos tantas veces su autoridad real, divina y amorosa y, consecuentemente, la autoridad que Él delega en todos aquellos a quienes debemos honrar y obedecer… ¡Cuántas ofensas hay que reparar! Han de ser muchas más de las que podemos suponer dada la insistencia con que en Fátima, Nuestra Señora y el Angel de la Paz nos pide, una y otra vez: “Reparación… Reparación.” Qué maravilloso tesoro es «la comunión de los santos» ¡podemos desagraviar por muchos! ¡Podemos consolar por muchos!

Pidamos tener, día con día, el amor y la generosidad para “desagraviar y consolar a nuestro Dios” —como nos sugiere el Ángel en Fátima— y para alcanzar la conversiónel perdón de muchos “pobres pecadores.”

4to. Misterio Doloroso: Jesús carga su cruz

(Jn 19,16-18)
Tomaron, pues, a Jesús, y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron.

¡Camino penosos! Jesús, con su cuerpo horriblemente lastimado y agotado, con su Corazón dolido por la incomprensión e ingratitud de los hombres, pero con la voluntad firme, amorosa, de llegar hasta el fin de la entrega total de sí mismo para salvarnos, carga su cruz y se dirige al Calvario. ¡Qué difícil es entender el sufrimiento! Sólo a la luz del misterio de la Redención, “sabemos” que el sufrimiento salva, redime, limpia, restituye, desagravia, repara y reconstruye. Jesús paga por nosotros, nos redime, sí, pero también nos invita, nos pide unirnos a Él: “toma tu cruz y sígueme.” Dándole así a nuestra cruz un valor inmenso e insustituible: Valor corredentor. Con qué insistencia nos recuerda la Santísima Virgen en Fátima la necesidad y urgencia de nuestra colaboración en la salvación de los hombres, ya que “muchos se condenan porque no hay quien ore y se sacrifique por ellos.”

Pidamos reconocer en las pequeñas o grandes cruces que hay en el cumplimiento de nuestros deberes y en nuestros dolores y problemas, la cruz de Jesús, la cruz con la que acompañamos a Jesús en su camino redentor.

5to. Misterio Doloroso: Jesús muere en la cruz

(Jn 19,30)
“Todo está cumplido,” dijo Jesús, e inclinando la cabeza entregó el espíritu.

¡Momento sublime y aterrador! Jesús, el Verbo de Dios hecho hombre por nosotros, muere por nosotros… ¡clavado en una cruz! A sus pies está la Madre, la que con el corazón traspasado de dolor, unida íntimamente a su Jesús, acepta y ofrece su Hijo al Padre. En este momento sobrecogedor y trascendental, Jesús anuncia a su Madre su nueva misión y nos hace un regalo sin igual: una Madre espiritual que vele por nosotros. Es la madre angustiada por los caminos que recorren sus hijos, la que nos visita en Fátima. Su divino Hijo ha dado su vida por salvarnos y los hombres despreciamos ese maravilloso don. Ella nos recuerda, insiste y advierte hacia donde tenemos que ir. Nos ofrece su Corazón como refugio seguro y camino a Jesús, y, en la última aparición, durante el milagro del sol, mientras Jesús bendice al mundo, Ella se muestra como la Virgen dolorosa, la Virgen que padeciendo el más intenso de los dolores, nos aceptó como hijos.

Pidámosle a Ella nos ayude a cumplir, hasta el último momento de nuestra vida, la misión que nos corresponde realizar.

Misterios Gloriosos

1er. Misterio Glorioso: Jesús resucita

(Mt 28, 5-6)
El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “No teman, sé que buscan a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado como lo había dicho.

¡Jesús resucita! Jesús vence a la muerte. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, nos abre así, las puertas del cielo, nos da el derecho de llegar a ser Hijos del Padre y establece con nosotros una alianza de salvación por medio del Bautismo. “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará,” nos dice la Virgen en Fátima. El triunfo del Corazón de María es el triunfo de Jesús; triunfo sobre la muerte, triunfo sobre el pecado. Es el reino de Cristo presente y triunfante en el mundo. Acogernos al Inmaculado Corazón de María, consagrarnos a él, es reafirmar nuestras promesas bautismales. Es renovar nuestra alianza con Jesús por las manos de María.

Pidamos ser siempre fieles a esa alianza. Pidamos, también, tener la fortaleza y generosidad de trabajar para que la Resurrección de Jesús, —el triunfo de los Corazones de Jesús y María— llegue, convierta y salve a muchos.

2do. Misterio Glorioso: Jesús sube al cielo

(Hch 1,9)
“Y dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a su vista.”

Jesús se va al cielo. Pero no hay que estar tristes. ¡Va a prepararnos allá un lugar! ¡Va a enviarnos al Espíritu Santo! Y, además, aunque se va, también se queda con nosotros en el inefable don de la Eucaristía, prenda de su inmenso amor, donde Jesús está presente y “escondido,” para enseñarnos a creer, a esperar y a amar. Don que Jesús renueva día a día en el sacrificio de la Santa Misa, donde además, se une a nosotros en la Comunión, verdadera unión de todos en Él. Presencia de Jesús, que se queda en todos los sagrarios del mundo, siempre esperándonos, siempre dispuesto a acogernos. El Mensaje deFátima nos recuerda y guía a este insondable misterio del amor de Dios a nosotros. El Angel enseña a los pastorcitos de Fátima a adorar la Eucaristía y a ofrecer “el preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad“ de Jesús a la Santísima Trinidad. En su trato con la Santísima Virgen, los niños son prontamente guiados por Ella a amar y adorar a Jesús Eucaristía. “Jesús escondido” le llaman, y dedican a Él sus oraciones más fervientes. ¡Qué lección nos dan unos niños!

Pidamos aprender de ellos a amar a Jesús a reconocer y a adorar a Jesús Eucaristía, que se quedó ahí escondido, con nosotros y para nosotros.

3er. Misterio Glorioso: Jesús resucita

(Mt 28, 5-6)
Llegado el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que dividiéndose se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.

¡La promesa de Jesús se cumple!El Espíritu Santo desciende sobre los apóstoles reunidos en torno a María y nace la Iglesia. Iglesia que es la prolongación viva de la obra redentora de Jesús, ya que, a través de ella, Él sigue amándonos, dándose a nosotros y salvándonos. Iglesia que sigue recibiendo continuamente las efusiones del Espíritu vivificador y santificador. Ahí está presente María, acompañándola en sus primeros pasos; Ella, la Madre de Jesús, la Madre de todos los hombres, y también la Madre de la Iglesia. Impulsada y guiada por el mismo Espíritu, Ella cumple su misión de Madre, guiándonos a Jesús y enseñándonos con su ejemplo, a vivir como miembros de la Iglesia, todos unidos en torno al Vicario de su Hijo. La Virgen nos ha visitado en Fátima, y su Mensaje—actual y urgente— mueve a los pastorcitos a amar al Papa.

Pidamos saber ir a Jesús por María, con Pedro, para poder llegar por Jesús al Padre en el Espíritu.

4to. Misterio Glorioso: María es llevada al Cielo

(1 Co 15,55)
La muerte ha sido devorada en la victoria.¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria?¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu aguijón?

La Inmaculada, la Virgen que llevó en su seno al Verbo de Dios hecho carne, la Madre del Hijo de Dios, es llevada en cuerpo y alma gloriosa al Cielo. Su cuerpo, verdadero templo del Espíritu Santo y primer sagrario de Jesús, no podía sufrir la corrupción del sepulcro. Desde el Cielo, Ella prosigue su obra salvadora, “alcanzándonos por su múltiple intercesión las gracias de la eterna salvación” (Lumen Gentium 62). La Asunción de Santa María es el signo más esperanzador para nosotros: la promesa de que, un día, nosotros podremos ser también llevados al Cielo. “Soy del Cielo” dirá la Virgen a los pastorcitos, cuando nos visita en Fátima, y en la mente y en el corazón de cada uno de nosotros surge la misma pregunta que ellos le hicieron: “¿y yo, iré al Cielo?” Ella, en su Mensaje, como en su vida, nos da la respuesta: Jesús es el camino. Camino de amor y unión: Eucaristía y oración. Camino de entrega: humildad y cruz.

Pidamos poder recorrer ese camino y perseverar en él, y que Ella, nuestra madre, sea siempre nuestro sostén y ayuda para no perdernos, y para volver a él cuando nos extraviemos.

5to. Misterio Glorioso: María es coronada Reina

(Ap 12,1)
“Y Apareció en el cielo una gran señal: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza.”

María llevada en cuerpo y alma al cielo, es exaltada por Dios como Reina del Universo. Es la Madre de Cristo y nuestra Madre, y por eso, la amamos, la honramos y nos consagramos a Ella. Dios nos invita a ello, derramando un sinfín de dones a través de Ella y la Iglesia le rinde un culto de veneración y nos enseña a pedir su intercesión. Jesús dice a la Hermana Lucía —vidente de Fátima— “Quiero que el mundo tenga que agradecerle al Corazón de María la paz del mundo y la conversión de Rusia.” “Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón,” dice María en Fátima y culmina sus apariciones apareciéndose como la Virgen del Carmen, y mostrando su Escapulario, que es signo de alianza y consagración a Ella.

Pidamos saber amarla y ser hijos dignos de tan dulce Madre. Pidamos saber entregarle nuestra vida, nuestro ser y nuestro que hacer a tan admirable Señora. Pidamos saber servir, ganando miles de corazones para su Reino —que es el Reino de Jesús— a tan amorosa y hermosa Reina.

Misterios Luminosos

1er. Misterio Luminoso: El Bautismo de Jesús

(Mt 3,1-17)
Jesús, viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?»Jesús le respondió: «Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia.» Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco»

Jesús, santo, purísimo e inocente, ¡se somete a un rito de purificación y penitencia! Él, por amor, se ha hecho hombre, toma sobre sí todos nuestros pecados e inicia el camino hacia nuestra redención con este acto. No ofendan más al Señor nuestro Dios, que ya está demasiado ofendido, nos dice nuestra Señora en Fátima.

Pidámosle nos ayude a conservar la gracia que recibimos en el bautismo y que Jesús nos alcanzó con su muerte y resurrección.

Canto: Y fue en el Jordán Jesús bautizado
Y el Santo Espíritu por Dios fue enviado. (Ave, Ave,…)

2do. Misterio Luminoso: Las bodas de Caná

(Jn 2,1-12)
En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: «No les queda vino.» Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.» Su madre dijo a los sirvientes: «Hagan lo que él les diga.» Había allí seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: «Llenen las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: «Saquen ahora y llévenselo al mayordomo.» Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:
«Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.»

Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él. Después bajó a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días. María Santísima nos enseña a estar atentos a las necesidades de los demás, lo eficaz de su intercesión y a buscar en Jesús el camino para resolver nuestros pequeños problemas y para llegar a la plena felicidad. En Fátima, María santísima nos enseña a preocuparnos por el destino eterno de los demás y a ser intercesores.

Pidámosle no encerrarnos en nosotros mismos, en nuestras necesidades, metas y problemas, sino que sepamos abrirnos y servir al prójimo en sus necesidades.

Canto:Estando en Caná se termina el vino
Y Jesús realiza milagro divino. (Ave, Ave,…)

3er. Misterio Luminoso: La predicación del reino

(Mt 4,12-17)
Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar… Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado»

Jesús recorre caminos y pueblos anunciando la Buena Nueva. Es el amor de Dios que ama infinitamente a sus criaturas, les da a su Hijo y les ofrece su Reino. Es la madre de Jesús la que en Fátima viene a recordarnos esa Buena Nueva y repite: “arrepiéntanse y hagan penitencia”.

Pidámosle a María Santísima no nos permita olvidar el amor de Jesús, su continuo ofrecimiento de perdón, el maravilloso reino de Dios y la conveniencia de responder al llamado.

Canto:Jesús nos enseña su reino de amor
Y a todos los hombres nos da su perdón (Ave, Ave,…)

4to. Misterio Luminoso: La Transfiguración

(Mt 17,1-9)
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y Juan el hermano de este y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto, aparecieron ante ellos Moisés y Elías conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: «Señor, que bueno sería quedarnos aquí. Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: «Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenle…» La gloria de Jesús les es manifestada por un momento a los apóstoles. ¡Cuántas veces les habrá ayudado ese recuerdo en sus años de apostolado y persecución! La luz que rodea a Nuestra Señora en Fátima y con la que Ella envuelve a los pastorcitos, les hace sentir de algún modo la presencia de Dios y pone en ellos el anhelo del cielo y una fortaleza a toda prueba.

Pidamos a María Santísima que nos ayude a discernir esas pequeñas manifestaciones del Señor, quizá no extraordinarias para el mundo pero si para nuestro corazón y que nos hagan entregados y fieles.

Canto:El gozo y la gloria nos manifestó
Cuando en el Tabor se transfiguró. (Ave, Ave,…)

5to. Misterio Luminoso: Institución de la Eucaristía

(Lc 22,14-20)
Llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: «Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer; porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios». Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: «Tomen esto y repártanlo entre ustedes; porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios». Tomó luego pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía.» Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes. ¡La entrega de Jesús es inagotable! La sobreabundancia de su amor es maravillosa. Se queda en la forma más íntima posible. Alimenta, se une, nutre, fortalece, transforma. El Mensaje de Fátima nos conduce a la Eucaristía: nos enseña a adorarla, a ofrecerla como ofrenda valiosa y agradable a Dios, a recibirla como medio de consolación a nuestro Señor ofendido, a sentir y desear su presencia.

Pidamos a María Santísima comparta con nosotros su amor para que sepamos recibirla, buscarla, vivirla intensamente y agradecerla.

Canto:Su Cuerpo y su Sangre Jesús nos lo da
En la Eucaristía El siempre estará. (Ave, Ave,…)

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